Morituri te salutant

He leído con estremecimiento la noticia de que el poeta Zurita está anunciando su propia muerte. Aquejado por el mal de Parkinson, afirma sentir la Parca acercándosele a mata caballo. Esperamos que sólo sea una metáfora, cuanto más una exageración, una instancia desesperada y desesperante de este magnífico vate. Aun un tipo tan limitado o cercenado como yo en lo tocante al arte poético intuye o sospecha que Zurita es el más prolífico, oceánico y original poeta post Neruda -por suerte a años luz de la pesada y acaramelada retórica de aquél- y por lo tanto su muerte entrañaría una grave pérdida patrimonial para el país.

Estimulado o espoleado por esta creencia en un próximo deceso, Zurita anuncia al mismo tiempo algo aun más inminente que su partida: una nueva obra cataclísmica, apocalíptica y final. Será o sería el cierre de su ciclo personal y cosmológico. Ajustará en ella todas las cuentas pendientes con su vida, la geografía, la geología y el prójimo. Advierte que hay una sección dedicada a la "farándula cultural" donde mencionará y juzgará, como si ya estuvieran muertos y compareciendo ante él en el valle de Josafat, una serie de personas con nombre y apellido, desde críticos literarios y literatos hasta columnistas, opinólogos y viejos contendientes.

Cuesta simpatizar con esta parte de su proyecto, imaginar una obra de poesía de ese calado siendo peloteada en los estantes de las librerías y luego escudriñada en privado, con pánico, con el mismo espíritu con que se escudriñan las obras cómicas y críticas de Ximena Torres-Cautivo y su colega de desaguisados, a saber, en busca de nombres, primero del propio nombre por si se dijo algo de malo, muy malo, para después solazarse leyendo las demás reseñas y constatar que les fue aun peor.

Dicha reseña, además, no necesariamente será o sería justa por provenir de la pluma de alguien a punto de partir. La inminencia de la muerte, suele decirse, presta especial dignidad a las personas, pero creo que ese es sólo un camelo literario. En realidad la agonía desespera, exaspera y enloquece. Y en el lecho los agónicos, más que emitir juicios salomónicos, a lo más se hacen caca. Más aun, no hay razón lógica ninguna para suponer que el valor de verdad de un juicio se acrecienta por decirlo uno en capilla. Cabe sólo suponer que no esperando ser testigo de la réplica, a salvo ya en la tumba, no se guarda ninguna consideración ni precaución y se dispara con todo el odio y el veneno acumulados a lo largo de años.

Lamentaría que tal fuera el caso. Si en verdad Zurita morirá pronto, lo que espero no sea cierto, preferiría verlo y leerlo en estado de gracia, perdonando por comisión o siquiera por omisión.

Muerte inminente

Pero el tema va más allá de Zurita anunciando su deceso y su despedida literaria. Su caso es importante porque nos recuerda, con el ruido mediático que le confiere su persona y su talento, lo que los demás olvidamos todo el tiempo, esto es, nuestra condición mortal, hecho del que jamás sacamos las consecuencias debidas. Todos y cada uno podríamos y deberíamos al menos una vez al día anunciarnos siquiera a nosotros mismos un inminente deceso. De la muerte no se libra nadie y en cuanto al cuándo, eso no hace diferencia: toda muerte es inminente y anunciada, no sólo la de los vates. Toda muerte ocurre AHORA. Lo vivido, sean 90 años o 900, vale y dura lo que un suspiro. Existe sólo como memoria, no como presente. Vamos a morir HOY. Hoy es el día de nuestra muerte. Ahora es la penúltima hora de nuestra hora, amén.

Si recordáramos eso, ¡qué efectos benéficos no tendría en el curso de nuestras frágiles vidas! No es sólo que pudiéramos escribir un canto poético como hará o ha hecho Zurita, sino pondría en perspectiva absolutamente todo. Habría dividendos hasta para los más mediocres y vulgares de nosotros, los de sanchezca prosa y dificultoso verbo.

Si cada mañana o en la noche antes de acostarse se acordaran de eso los megaempresarios que hoy recorren el territorio con voraz apetito a ver dónde y cómo lo ponen a su servicio con tal de hinchar aun más sus bienes ya inmensos y como si fueran a vivir para siempre jamás, otro gallo cantaría.

Si los políticos que hoy nos abruman con su codicia y su ambición sin frenos, tan sonsa y vacía, echaran diariamente una mirada a la idiotez suprema de gastarse la vida en eso, tal vez nos ahorraran algunos minutos de su ilustre presencia.

O si las estrellitas de la farándula.

Y si los sedientos de gloria.

Si los badulaques y los enfermos de vanidad.

Si los literatos llenos de odio, odiosos y odiados.

En fin, si todos tuvieran presente aun sin hacerlo presente, como el "bajo continuo" del concierto o desconcierto de sus vidas, aun sin decirlo ni decírselo ni proclamarlo como hizo Zurita, si tuvieran clara mirada de la vanidad absoluta de sus esfuerzos y ambiciones este país sería casi vivible.

Porque de hacer tal cosa no le pasaríamos por encima a nadie, viviríamos cuidando de no pisar una hormiga, ejecutaríamos nuestros actos sabiendo en el acto mismo de ejecutarlos que importan poco o nada y que, por tanto, no valen ni una gota de sangre ni tampoco una de lágrimas.

Estimado poeta

Estimado Zurita: Deseando que recupere su salud o en todo caso detenga el curso del mal y viva aún muchos años, permítame sugerirle que controle sus deseos de venganza si los tiene, morigere sus rabias si las hay, disipe su posible furia, venza sus pasiones. Ninguno de los titulares de los nombres de la anunciada lista de sentenciados, precandidatos al tratamiento de su pluma filosa, es tan malvado o pecador como para merecer la inmortalidad relativa del odio o desdén plasmado en tipografía. Digo esto no poniéndome un parche antes de la herida porque siendo como soy personaje de tercera fila, seguramente estoy exento. En caso de que no, póngale que soy malo para la poesía, bueno para el tinto, mediano de luces, sordo para el canto popular con trutrucas y cada vez que la cagué fue por leso, no por mala intención.

Fernando Villegas. Fecha edición: 23-04-2006

Evangelio e identidad cristiana

El nuevo evangelio recién conocido por el público -"evangelio" en el sentido de ser una narración sobre Jesús escrita en época relativamente cercana a su tiempo- y llamado ya, con imprecisión, de "San Judas", puede tener un impacto sobre la fe cristiana mayor de lo que parece. No por nada ya algunas de sus autoridades lo rechazan de plano.

Tienen razón; toca el meollo de aquella y es capaz de infligirle una herida sustantiva. En efecto, siendo el cristianismo una religión basada en hechos concretos presuntamente acaecidos y únicos en la historia humana, depende por lo mismo en grado esencial de preservar la descripción e interpretación ahora imperante de esos acontecimientos. Para esa descripción la Iglesia ha dependido no de referencias "profesionales" -los historiadores contemporáneos o algo posteriores, como Suetonio, Tácito, Flavio Josefo, no se refieren a la existencia de un Jesús de Nazaret- sino de sólo cuatro narradores anónimos que hicieron su trabajo bastante después de la muerte de Cristo.

Sus escritos, llamados "evangelios", fueron, es cierto, coincidentes o muy cercanos en su descripción de la vida, enseñanza y muerte de Jesús. Debido a eso y pese a no tenerse noticia de la calidad académica y agenda de sus autores, se convirtieron en pilares fundacionales de la teología cristiana. Todo lo demás se ha construido y discutido a base de esos escritos.

En otras palabras, sin otro cimiento que la obra de cuatro autores desconocidos -sólo a partir del siglo II la comunidad cristiana les asignó nombres para identificar sus distintos escritos y los llamó evangelios según San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan- se ha erigido la cristiandad y también las divisiones que la hirieron.

Llega la Caballería

Dicho sea de paso, esta fragilidad del conocimiento acerca de los orígenes del cristianismo sucede con casi todas las instituciones, organizaciones y movimientos de larga historia y gran calado. La longevidad ofrece amplia oportunidad para el olvido, la confusión y la simple pérdida de antecedentes. Recordemos además que dichas historias exitosas no lo han sido desde el principio; fueron, en sus comienzos, emprendimientos de unos pocos convencidos a los que casi todo el mundo desdeñó y quizás luego persiguió. Por lo mismo hay pocos documentos a mano -nadie se interesaba en documentarlos- y se ha perdido el hilo de la tradición oral o se ha distorsionado gravemente.

Es entonces cuando la historia oficial llega al rescate. Toda institución posee la suya. En el caso de la cristiandad, son los evangelios. Escrita post factum, la historia oficial relata lo que pudo ser de acuerdo a lo que tal vez fue, pero también considerando el interés de lo que es y quiere seguir siendo. Es historia menos interesada en la verdad que en lo conveniente, esto es, en la legitimidad y salud de la institución desde la que se narra.

No necesariamente es una invención de cabo a rabo, pero casi nunca es verdad de tomo y lomo. La verdad histórica químicamente pura se rehúye incluso al historiador investigativo que sólo anhela saber qué y cómo pasó. En manos del historiador oficial, es aun más huidiza. Por consiguiente, sea lo que sea que dijeron o quisieron decir los evangelistas, sus dichos han sido interpretados, editados y corregidos por siglos y siglos de afanosa elaboración teológica. Son, entonces, libros cuyo contenido, de modificarse o rozarse, toca y roza el entero edificio de la fe. Veamos por qué.

Euangelicon

La palabra "evangelio" deriva de la palabra griega euangelicon, que significa "buenas noticias". ¿Y cuáles fueron en este caso dichas buenas noticias? Pues que Dios decidió encarnarse en un hijo nacido sin mácula para dar a la humanidad posibilidad de redimirse. Esto significa que desde entonces rige un New Deal disponible para toda la humanidad en vez del viejo trato en exclusiva -depositado en el arca- de Jehová con su pueblo elegido, los judíos. Y este nuevo trato gira alrededor de la persona de Jesús.

Es el principal signatario. Su importancia radica no sólo en lo que predicó, sino esencialmente en su naturaleza como Dios y Hombre. No sólo en esto, sino en su martirio. Y no sólo en eso sino en su redención, al tercer día elevado de entre los muertos. Es diciendo que todo eso sucedió y cambió la historia del hombre de ahí para adelante que el cristianismo existe.

Es en esos eventos que reclama su unicidad y su validez, no en tal o cual doctrina metafísica sobre Dios. Jesús como persona es la identidad misma del cristianismo. Hace la diferencia con otros credos monoteístas como el Islam o el judaísmo. En Cristo, en sus manos, está la redención; en su sacrificio y resurrección se encarna la agonía humana, que experimenta su condición de portador del pecado original a la de salvado por gracia divina; sin Cristo como persona naciendo y muriendo en un momento del tiempo y en un lugar del espacio, no hay cristiandad. En la historia de esos hechos reside aquélla y por tanto radica entera en los evangelios, esto es, en lo que ellos cuentan que sucedió.

El Problema de Judas

Esa, su base fundacional, es simultánea y paradójicamente el punto débil del cristianismo.

Como ya lo vimos, su legitimación depende no de un evento probado por la ciencia histórica, sino sólo atestiguado por cuatro desconocidos cuyo trabajo fue luego editado por funcionarios de la Iglesia. Depende, a fin de cuentas, de que NO PODAMOS viajar en una máquina del tiempo a verificar si Cristo existió, predicó, fue martirizado, crucificado y al tercer día resucitó de entre los muertos. Depende, en suma, de la solidez de los evangelios que afirman esos hechos.

De ahí el problema con éste, el llamado evangelio "de Judas". De súbito lo relativiza todo. Ya no serían cuatro los evangelistas, sino cinco. ¿Y por qué no seis, siete, quién sabe cuántos más que hayan podido escribir sobre Cristo? ¿Y qué versiones o visiones sobre su vida pudieran haber tenido? Pero lo peor es esto: el relato de este nuevo e inédito evangelista desdice parte sustancial de la esencia del drama cristológico. No habría habido traición, sino una suerte de plan para forzar al Sanhedrín a tomar cartas en el asunto y poner a Cristo en el escenario. Habría habido no agonía en el monte de los Olivos, sino cálculo político.

Y hay más; si fuera verdad que Cristo fuerza a Judas a denunciarlo para poner en marcha el proceso judicial que terminaría con él en la cruz, ¿no pudo también "arreglar" convenientemente lo de su cuerpo? Si su cadáver fue simplemente retirado por otro Judas o acaso el mismo Judas, ¿qué resta de la redención al tercer día, de esa resurrección de la carne que está en la base de la fe cristiana?

Todo esto, claro, genera un descomunal intríngulis. Si se declara a este nuevo evangelio como inválido, los otros pueden serlo también pues ninguno tiene más sustento material, histórico o científico para superar a los otros en validez.

Y si es válido, los otros dejan de serlo. Este hallazgo y publicación no ha sido, entonces, una mera anécdota arqueológica. Afecta o puede afectar la identidad misma de una importante religión. Siga en nuestra sintonía.

Fernando Villegas
Fecha edición: 16-04-2006

La cabeza en la almohada

Abundan en estos días los intercambios de sonrisas y "gestos" entre autoridades entrantes y salientes de los gobiernos de Bolivia y Chile. El lenguaje también es luminoso: se habla de "discusiones provechosas", de "agendas sin exclusiones". Lagos visita a Morales en su ascenso al doble trono indigenista y republicano y saluda con aquél, desde humilde ventana, a las masas bolivianas. Morales a su vez anuncia viaje a Chile para asistir a la apoteosis de Michelle Bachelet. En fin, reina una atmósfera distendida o, para usar los clichés de la industria de Relaciones Exteriores, de "diálogo constructivo".

La cuestión es dirimir cuán significativas y productivas son dichas "atmósferas". Es fácil que cunda la amabilidad cuando cunde el afán de no tocar todavía los temas sensibles. Y es fácil hablar de acercamientos porque en ambas cancillerías los funcionarios respectivos hayan descolgado sus gabanes del perchero para ponerse en camino a la cita. La cuestión es qué puede suceder de bueno cuando terminada la caminata de aproximación se los saquen para sentarse a la mesa a hablar de verdad.

Pero ésta puede muy bien ser otra instancia de un diálogo entre sordos. Los temas que Chile gusta tocar son los del intercambio comercial, del gas, facilidades en los puertos, tratados asimétricos o simétricos, etc., pero de salida soberana al mar, ni hablar. Bolivia, por su parte, está dispuesta a oír todo lo que rebosa en la agenda de Chile, pero espera que primero se hable de su salida soberana al Pacífico. O no prestará oído al resto.

No nos engañemos: por mucho que en los preámbulos diplomáticos reine la buena voluntad y se acuerde y se hable de mil cosas, la clave, la única que importa, el quid del asunto y la enorme piedra del tope de siempre es la salida soberana de Bolivia al mar.


Las preguntas entonces son, como de costumbre, las siguientes:
¿Cuán viable es dicha salida de Bolivia desde el punto de vista chileno?
¿Hasta dónde y hasta cuándo va a durar la actual atmósfera de "diálogo constructivo"?

La almohada

He aquí en el momento en que ustedes entenderán la metáfora -pues tal es- de la cabeza en la almohada. En una calurosa noche de verano o en una cualquiera en que nos ha asaltado la fiebre, ¿no es acaso cierto que nos la pasamos cambiando la cabeza de un extremo al otro y de un lado al otro de la almohada buscando un momento de frescura? ¿Y no es verdad que dicho alivio, temporal, no cambia en absoluto ni el clima ni la fiebre? ¿Que simplemente lo hacemos porque cuando se está incómodo o en problemas es mejor la sensación de hacer algo al respecto que no hacer nada? ¿Y que, en ese movimiento cíclico, no resolvemos nuestra situación?

Lo mismo sucede cuando individuos, grupos o naciones enteras se enfrentan en un conflicto que no tiene solución, pero al mismo tiempo necesitan sentirse haciendo algo al respecto que no sea la guerra. Todavía no la guerra.

¿Qué hacen entonces? Pues cambian de posición la cabeza en la almohada. En otras palabras, inician un ciclo interminable de acercamientos y alejamientos. Este movimiento pendular se lo observa en todo lugar donde la causa del conflicto presenta la lamentable peculiariedad de no tener solución, o sea, cuando se trata de un conflicto suma-cero donde la ganancia de una parte equivale a la pérdida de la otra.

Uno de los casos más notorios de esto, tanto de lo insoluble del problema como de la mecánica pendular de la cabeza en la almohada, es el del conflicto palestino-israelí. Puesto que al menos una de las facciones de uno de los bandos pretende del otro lado ni más ni menos que su aniquilación o al menos evacuación del territorio, mientras otras facciones del mismo bando piden como mínimo que la otra parte les ceda su capital y reciba de vuelta a más de medio millón de exiliados, si no más, toda negociación es imposible.

Imposible, porque el prerrequisito de toda negociación es que ambas partes cedan en beneficio de la otra y no pretendan una ganancia absoluta en desmedro total del otro negociador; en breve, supone la existencia de un terreno donde ambas partes se puedan encontrar a medio camino. Si no es así, si el bien en disputa no permite mediar, si es un bien que se tiene por entero o se carece de él por entero, la negociación fracasa y sólo observaremos, como hemos observado en Medio Oriente, un movimiento de acercamiento motivado por el deseo de dar término a un conflicto agotador, pero seguido muy pronto de un movimiento de ruptura derivado de lo imposible de las posturas negociadoras. Y de ese modo ambas partes retornan al conflicto en su fase aguda.

Mar para Bolivia

En el caso nuestro con Bolivia, el tema de la salida al mar, si bien menos feroz que el que divide al Medio Oriente, tiene parecidas características de cosa casi imposible de resolver. De ahí el perpetuo ciclo, el movimiento oscilatorio de acercamiento-alejamiento. Decimos que es cosa imposible no por una cuestión de gusto o tomando posición, sino porque es un hecho que a diferencia del territorio, que en teoría puede ser divisible y repartible como se quiera, la soberanía NO. La soberanía SE TIENE O NO SE TIENE integralmente. Guste o no, tal como el honor la soberanía es todo o nada. Por eso Inglaterra, país europeo, recorrió medio mundo para irse a batir por las islas Falkland.

Nadie puede hacer divisiones con lo que es indivisible. Ítem más: ¿Está Chile preparado para perder no sólo unos cuantos kilómetros de desierto, como lo ponen los optimistas, sino ADEMAS cientos de miles de millas cuadradas de océano y ADEMAS el 100% de derechos económicos exclusivos proyectables desde esa porción marítima y ADEMAS el control del comercio con la cuenca del Pacífico?

Creemos que no

El tema será soluble sólo cuando predominen condiciones que debiliten o eliminen la primacía de la soberanía patria, del Estado y la identidad nacional. Eso, en 50 años o más. Por ahora tal cosa no ha sucedido ni siquiera en Europa, continente al cual cierta difundida ignorancia pone de ejemplo de "entendimientos a pesar de las guerras" en materias de fronteras.

Olvidan que las fronteras europeas siguen siendo tan rígidas y son tan defendidas como siempre. Se han hecho porosas, pero no han sido eliminadas. Y ni un solo país europeo ha dejado de desplegar Fuerzas Armadas concebidas para defensa interna y externa.

Fernando Villegas 29-01-2006

Un país con vista al ombligo

Nuestro país, el cual por décadas, en su timidez y apocamiento, se esmeraba en preguntarles a las visitas qué le parecíamos, ahora y sobre una base diaria se interroga seria y hasta trágicamente mirándose el ombligo, mirándose al espejo, preguntándole al espejo y desgañitándose con la pregunta hamletiana del ser o no ser. Hemos salido ya de la larga siesta del somnoliento fundo colchagüino, pero se aplicaría aquí el viejo refrán de lo bueno que es el cilantro, siempre que no sea tanto.

Una cosa es el razonable debate de lo hecho o por hacer, un examen objetivo y ecuánime seguido por una pronta y decisiva acción; otra muy distinta la insistencia neurótica en el mismo punto sin que eso dé lugar a ningún acto real, salvo otra andanada de interrogantes.
En breve, nos detenemos demasiado en los pre-requisitos de la acción, en sus preparativos verbales, simbólicos, ceremoniales, políticos e ideológicos. Terminada esa fase, ya agotados, hacemos muy poco más.

Los progresos logrados en los últimos años, considerables como han sido, por eso mismo cubren como grueso emplasto una realidad: pudieron ser MUCHO mayores. Hay al menos media docena de temas de gran cuantía respecto a los cuales lisa y llanamente no se hizo NADA efectivo. Los menciono sólo al paso: educación, medioambiente -aun la ley del bosque nativo duerme o se tramita-, economía del narcotráfico creciendo en las poblaciones, poca productividad laboral, distribución del ingreso, embarazos adolescentes. Hay otra media docena que por ahora les ahorraré para no amargarles la pepa.

Lo que sí se ha hecho es hablar sobre lo que se debe hacer. Y es eso, el debate permanente, el que da una impresión de urgencia respecto a todos los temas en carpeta. Pero es una falsa impresión; el país cavila sobre lo que es y le pasa, lo que quiere y lo que no y entonces llega sólo hasta ahí. Y naturalmente dicho ejercicio aumenta si hay de por medio un episodio político de envergadura, pero otra vez todo llega sólo hasta ahí. Entonces los optimistas nos dicen que el debate es bueno en principio. Sí, cierto, pero sólo en principio, no como principio y final.

He ahí el punto: aquí el debate no inicia nada. No se ponen, luego de celebrarlo, manos a la obra. No preludia sino sustituye la acción. Y sin embargo la madurez, si acaso significa algo, es cierta razonable proporción entre el reflexionar y el actuar. A mi juicio nuestro país, pese a los avances, no ha sabido curarse de su mal esencial, radical, el mal latino par excellence: hablar mucho y hacer poco.

Fantasía, fantaseo

El verbo correcto para describir la naturaleza de nuestro habitual sustituto del actuar es "fantasear". Salvo en el caso de los pensadores profesionales, quienes afirman sus rumiaciones con la estrictez del canon lógico y el edificio teórico y empírico erigido por sus colegas, el pensamiento no anclado a actos reales y a comportamientos inspirados en aquel tiende a perder coherencia, hacerse insubstancial y termina en mera fantasía.

Por eso abunda en Chile el Cantinflismo, llamado aquí "hueveo". Psicológicamente hablando predomina una percepción similar al del vago estado onírico que precede el despertar, esa zona intermedia en la que todavía parece como si estuviéramos en la plenitud del dormir y bastara el acto mágico de desear algo para alterar el desenlace del sueño.

Del mismo modo, creemos que basta machacar verbalmente sobre un tema para que se materialice. En otros tiempos esa magia operaba únicamente por medio del artificio de promulgar una ley o un decreto presidencial; hoy hemos agregado a la panoplia del mago el titular del diario, la sesuda columna, la conferencia de prensa, el "aviso de", el "convenio con", la encuesta tal, la "medida anunciada", el informe en derecho, la investigación en marcha.

La locomotora

Poco de concreto sale de todo eso. Chile continúa siendo en muchas cosas el país de los "proyectos piloto", de las "primeras etapas", de las "obras provisorias". Pareciéramos gastar casi toda la bencina en el mero calentar del motor.

Luego, de inmediato, sobreviene el desinterés, la negligencia y el olvido; el proyecto piloto se cae a pedazos sin dar lugar a iniciativas en gran escala; el anuncio queda en eso; la ley no es puesta en vigor de ninguna forma efectiva; la crítica no cambia los haceres criticados; lo provisorio se eterniza. Y por cierto la furia ciudadana ejercitada desde el sillón frente al tele reemplaza la participación ciudadana de verdad.

Si estamos indignados pero el titular de los diarios y las noticias recogen nuestra indignación, tendemos a sentir que nuestra responsabilidad se ha consumado. Podemos quedarnos tranquilos y pasar a otra cosa. A lo más nos mantenemos en "estado de alerta" mientras el gobierno, por su parte, representa su papel en la comedia del cantinfleo "haciendo anuncios".

Pero llegó ya la hora de arremangarse la camisa. Viene a no mucha distancia una inmensa locomotora que en mi imaginación representa esa media docena de temas sin resolver. Mientras tanto el recién pintado bus que es el país se encuentra detenido en el cruce.

Tan lejos viene la locomotora que creemos hay tiempo de sobra para salir del brete. Mientras tanto, discutimos. Comentamos lo bueno que fue el paseo. Luego decimos "hay que salir a empujar el bus" y nombramos una comisión que estudie quién lo hará. Cuando la locomotora esté más cerca nos dirán que aun hay tiempo y si reclamamos nos acusarán de alarmistas. Se pedirá un informe en derecho sobre legislación de vías férreas.

Un día la locomotora estará ya encima. Habrá gritos y reproches. Debiste haber salido tú, debió haber salido aquél. Luego, un bramido metálico ensordecedor. Crash cataplum...

Fernando Villegas. Fecha edición: 22-01-2006

De la crítica

En un reciente programa radial de conversación decía Ascanio Cavallo que "no hay crítica literaria en Chile". Luego del retiro de Ignacio Valente -para no hablar del ya remoto fallecimiento y desaparición de Alone, Omer Emeth, etc.- nadie, arguyó Ascanio, opera como eje y referente del trabajo crítico en esa área. Ascanio aludía sólo al hecho que hoy ningún nombre tiene la estatura y/o prestigio profesional de esos personajes, pero tal vez su juicio se pueda extrapolar algo más: no sólo nadie ostenta la reputación de dichos extintos dinosaurios, sino casi nadie tampoco cumple la tarea crítica ni siquiera montado en el pingo más modesto.

Hay muchos críticos, pero apenas hay crítica. Especialmente escasea en literatura, aunque tampoco abunda en lo demás. En cine y artes plásticas se cuentan con los dedos de una mano. Lo mismo en la música. La crítica literaria de otros tiempos, la que hacían los Valente y sus predecesores, podía estar teñida de subjetividad y penar en ella los espectros de amistades y enemistades, pero aun así lo subjetivo, de existir, distorsionaba un esfuerzo que en lo principal apuntaba a su objeto propio.

Podíamos darnos cuenta de esa distorsión precisamente porque estaba presente la línea recta verdadera, la intención de calificar un libro y no a su autor. Aun la crítica más negativa, malsana, revelaba a las claras una lectura acuciosa, un background de cultura literaria apabullante, un esfuerzo por entender y evaluar.

Hoy en día es exactamente lo contrario y en consecuencia no hay distorsión porque no hay mucha crítica que merezca ese nombre. No sólo el crítico promedio en muchos casos sólo tiene versación respecto de los cuentos o antologías poéticas de sus compadres y nada más, sino, peor aún, el punto de partida de ese crítico son las hormonas y no el juicio, la buena onda o la mala leche y no el entendimiento. Su blanco preferencial y a menudo exclusivo es el autor. Le interesa mimarlo si es amigo o arañarlo si es enemigo. Lo que haya hecho es un pretexto para ponerlo otra vez en la fila de víctimas por patear o de ídolos por adorar.

Si el autor o autora pertenece a la misma cohorte demográfica, comparte similares preferencias políticas y sexuales y pertenece o ha pertenecido a nuestro taller literario entonces hay espacio para la condescendencia y quizás hasta el ditirambo; si en cambio no comparte nada de todo eso y además tiene la insolencia de ser exitoso en lo suyo, entonces la faena a cumplir es despedazar al hereje, al forastero del alma, al que no es miembro de la cofradía. O ningunearlo olímpicamente. En breve, la crítica, en Chile, no es sino la continuación por otros medios de la guerra de todos contra todos.

Generación resentida

Nada de esto es casualidad. Tales críticos y críticas de hoy, casi todos treintañeros, algunos ya en los 40 o más, pero igualmente al borde del ataque de nervios, comparten demasiados rasgos comunes como para creer que el fenómeno de su existencia y estilo de trabajo es una coincidencia.

Crecieron o maduraron en los mismos años sombríos cociéndose a fuego lento en el resentimiento de la impotencia política, social y cultural. Por eso los más jóvenes resienten a sus padres y a toda figura adulta mayor, a quienes consideran cómplices o culpables, parte activa o pasiva de la dictadura; resienten a quienes ocupan las posiciones que ambicionan ellos, los justos, los inocentes; finalmente resienten el anonimato, el cual pesa aun más fuerte en una sociedad de masas donde la fama o reconocimiento público adquiere mayor relevancia para la satisfacción del ego que el techo, pan y abrigo.

Los más viejos, por su parte, resienten la fama o éxito de cualquiera pues consideran que les han robado su propio derecho de antigüedad a esos bienes, pero además resienten el talento ajeno ya que el propio siempre les parece mayor.

Y jóvenes y viejos por igual, disparando dardos desde sus trincheras literarias, perdieron hace rato el rigor y disciplina necesarios para distinguir la verdadera performance de alto nivel de cualquier fácil atributo en su posesión o en la de sus amigos.

Adicionalmente operó otro factor común de la mayor importancia: ingresaron a la industria de los medios en similar coyuntura cultural y política y gracias a circunstancias muy especiales que maduraron en los años 90. Digámoslo sin ambages: en otros tiempos muchos de ellos no habrían sido contratados ni para servirles el café a los críticos de verdad. Hoy se benefician de cierta abundancia de medios de comunicación, electrónicos o de papel; en ellos, gratis o por 10 lucas y un sandwich, pueden acceder a un módico espacio para ejercitar sus rencores. Y dichos medios los necesitan. Es preciso llenar los espacios en blanco. Hay que vestir el medio con alguna sección cultural y para eso es posible contratar gente a precio de liquidación.

Y como beneficio extra, la crítica cultural, buena o mala, es por lo general inocua. No toca los resortes del poder y el dinero, no se incurre en riesgos con ella y por lo mismo mediante su existencia es posible proyectar un barniz de progresismo, modernismo, liberalismo y ojalá escándalo vendedor a costo cero.

A fin de cuentas estos solapados odiadores y ninguneadores, estos peladores de cierto vuelo y pretensión, no se distinguen mucho de un barrista acuchillando al hincha del otro equipo. Están igualmente enfermos de rabia y en busca de medios para expresarla. Sin quererlo, ellos junto a otros protagonistas del rencor mediático que pululan en niveles todavía más rascas, son la conciencia enferma de una generación patizamba, desordenada, mal formada, adolorida.

Fernando Villegas. Fecha edición: 15-01-2006