Morituri te salutant
He leído con estremecimiento la noticia de que el poeta Zurita está anunciando su propia muerte. Aquejado por el mal de Parkinson, afirma sentir la Parca acercándosele a mata caballo. Esperamos que sólo sea una metáfora, cuanto más una exageración, una instancia desesperada y desesperante de este magnífico vate. Aun un tipo tan limitado o cercenado como yo en lo tocante al arte poético intuye o sospecha que Zurita es el más prolífico, oceánico y original poeta post Neruda -por suerte a años luz de la pesada y acaramelada retórica de aquél- y por lo tanto su muerte entrañaría una grave pérdida patrimonial para el país.
Estimulado o espoleado por esta creencia en un próximo deceso, Zurita anuncia al mismo tiempo algo aun más inminente que su partida: una nueva obra cataclísmica, apocalíptica y final. Será o sería el cierre de su ciclo personal y cosmológico. Ajustará en ella todas las cuentas pendientes con su vida, la geografía, la geología y el prójimo. Advierte que hay una sección dedicada a la "farándula cultural" donde mencionará y juzgará, como si ya estuvieran muertos y compareciendo ante él en el valle de Josafat, una serie de personas con nombre y apellido, desde críticos literarios y literatos hasta columnistas, opinólogos y viejos contendientes.
Cuesta simpatizar con esta parte de su proyecto, imaginar una obra de poesía de ese calado siendo peloteada en los estantes de las librerías y luego escudriñada en privado, con pánico, con el mismo espíritu con que se escudriñan las obras cómicas y críticas de Ximena Torres-Cautivo y su colega de desaguisados, a saber, en busca de nombres, primero del propio nombre por si se dijo algo de malo, muy malo, para después solazarse leyendo las demás reseñas y constatar que les fue aun peor.
Dicha reseña, además, no necesariamente será o sería justa por provenir de la pluma de alguien a punto de partir. La inminencia de la muerte, suele decirse, presta especial dignidad a las personas, pero creo que ese es sólo un camelo literario. En realidad la agonía desespera, exaspera y enloquece. Y en el lecho los agónicos, más que emitir juicios salomónicos, a lo más se hacen caca. Más aun, no hay razón lógica ninguna para suponer que el valor de verdad de un juicio se acrecienta por decirlo uno en capilla. Cabe sólo suponer que no esperando ser testigo de la réplica, a salvo ya en la tumba, no se guarda ninguna consideración ni precaución y se dispara con todo el odio y el veneno acumulados a lo largo de años.
Lamentaría que tal fuera el caso. Si en verdad Zurita morirá pronto, lo que espero no sea cierto, preferiría verlo y leerlo en estado de gracia, perdonando por comisión o siquiera por omisión.
Muerte inminente
Pero el tema va más allá de Zurita anunciando su deceso y su despedida literaria. Su caso es importante porque nos recuerda, con el ruido mediático que le confiere su persona y su talento, lo que los demás olvidamos todo el tiempo, esto es, nuestra condición mortal, hecho del que jamás sacamos las consecuencias debidas. Todos y cada uno podríamos y deberíamos al menos una vez al día anunciarnos siquiera a nosotros mismos un inminente deceso. De la muerte no se libra nadie y en cuanto al cuándo, eso no hace diferencia: toda muerte es inminente y anunciada, no sólo la de los vates. Toda muerte ocurre AHORA. Lo vivido, sean 90 años o 900, vale y dura lo que un suspiro. Existe sólo como memoria, no como presente. Vamos a morir HOY. Hoy es el día de nuestra muerte. Ahora es la penúltima hora de nuestra hora, amén.
Si recordáramos eso, ¡qué efectos benéficos no tendría en el curso de nuestras frágiles vidas! No es sólo que pudiéramos escribir un canto poético como hará o ha hecho Zurita, sino pondría en perspectiva absolutamente todo. Habría dividendos hasta para los más mediocres y vulgares de nosotros, los de sanchezca prosa y dificultoso verbo.
Si cada mañana o en la noche antes de acostarse se acordaran de eso los megaempresarios que hoy recorren el territorio con voraz apetito a ver dónde y cómo lo ponen a su servicio con tal de hinchar aun más sus bienes ya inmensos y como si fueran a vivir para siempre jamás, otro gallo cantaría.
Si los políticos que hoy nos abruman con su codicia y su ambición sin frenos, tan sonsa y vacía, echaran diariamente una mirada a la idiotez suprema de gastarse la vida en eso, tal vez nos ahorraran algunos minutos de su ilustre presencia.
O si las estrellitas de la farándula.
Y si los sedientos de gloria.
Si los badulaques y los enfermos de vanidad.
Si los literatos llenos de odio, odiosos y odiados.
En fin, si todos tuvieran presente aun sin hacerlo presente, como el "bajo continuo" del concierto o desconcierto de sus vidas, aun sin decirlo ni decírselo ni proclamarlo como hizo Zurita, si tuvieran clara mirada de la vanidad absoluta de sus esfuerzos y ambiciones este país sería casi vivible.
Porque de hacer tal cosa no le pasaríamos por encima a nadie, viviríamos cuidando de no pisar una hormiga, ejecutaríamos nuestros actos sabiendo en el acto mismo de ejecutarlos que importan poco o nada y que, por tanto, no valen ni una gota de sangre ni tampoco una de lágrimas.
Estimado poeta
Estimado Zurita: Deseando que recupere su salud o en todo caso detenga el curso del mal y viva aún muchos años, permítame sugerirle que controle sus deseos de venganza si los tiene, morigere sus rabias si las hay, disipe su posible furia, venza sus pasiones. Ninguno de los titulares de los nombres de la anunciada lista de sentenciados, precandidatos al tratamiento de su pluma filosa, es tan malvado o pecador como para merecer la inmortalidad relativa del odio o desdén plasmado en tipografía. Digo esto no poniéndome un parche antes de la herida porque siendo como soy personaje de tercera fila, seguramente estoy exento. En caso de que no, póngale que soy malo para la poesía, bueno para el tinto, mediano de luces, sordo para el canto popular con trutrucas y cada vez que la cagué fue por leso, no por mala intención.
Fernando Villegas. Fecha edición: 23-04-2006

